Esta soy yo cuando corría.

Empecé a correr poco a poco y pasó de no gustarme nada… ¡a encantarme!

Correr distancias y volver a casa corriendo me daba sensación de libertad, sensación casi de superheroína .

Mientras estaba entrenando para la media maratón Vigo Bayona me sentía genial. Fuerte. Confiada. Hice los 17 kms que me dijo mi entrenadora antes de la carrera. Todo iba bien.

Dos días antes de la carrera empecé a notar como dificultad para correr y sobre todo para cuidar mi alimentación. Yo de aquellas vivía en Madrid y la carrera era en Galicia (a 1.500 kilometros). Cuando venía a Galicia me alojaba en casa de mi madre.

La carrera fué superemocionante. El recorrido empezaba con 17 kilometros de subida sostenida dónde mucha gente quebró. Al acabar esos 17 kilometros pasé por momentos complicados. No había llevado glucosa porque para mi eso «era doping» -ideas que te pasan por la cabeza, ni que fuera una olímpica jajaja. Una corredora portuguesa me vió aflojar y me dijo «non o deixes, sigueme» (no lo dejes, sígueme) y así conseguí remontar gracias a su ayuda moral 🙂 Cuando llegué a meta miles de emociones se agolpaban en mi: alegría, logro, satisfacción…  ¡lo había hecho!!

Lo que pasó después tardé mucho en entenderlo…

Lo que pasó después tardé mucho en entenderlo: dejé de correr. Y no sólo eso: dejé de cuidar mi alimentación. Entré en una vorágine autodestructiva que no sabía como parar. Era como si tuviera un autómata dentro de mi haciéndome daño… ¡y que no podía parar!

Pasaron muchos años antes de que yo entendiera qué había pasado: estar con mi madre me reactivó el trauma. Ese refuerzo intermitente: ahora te acompaño, ahora te obligo a comer lo que no quieres. Me reactivó mi propia maltratadora dentro de mi:  la falta de respeto hacia mi y mi cuerpo, el castigarme con comida.

Además, esa época coincidió con la ruptura con una pareja que pensaba «iba a ser distinta». Pero esta persona, no estaba para mi, no se esforzaba por mi, sólo aparentemente estaba loco por mi. Pero en la práctica, yo estaba para él cuando tenía sus crisis, o problemas… pero él no me acompañaba ni en logros ni en tristezas. Esto me reactivó la sensación de abandono que tuve cuando papá murió.

Y dejé de correr. Y volví a engordar. Y la fuerza de mi subconsciente llevándome al punto de dolor era tan fuerte que mi consciente no entendía pero no era capaz de ponerle freno.

Amar tu cuerpo es un proceso de desensibilización.

Para recuperar el control sobre ti misma es necesario tomar conciencia de lo que nos dirige a nivel no consciente: las creencias sobre ti. Con mamá narcisista acabamos teniendo muchas creencias dañinas sobre nosotras mismas, nuestros cuerpos y la relación con la comida.

Para mi, la peor de todas es el «no merecimiento».

Mi madre me repetía una y otra vez: gorda, qué gorda estás, mira qué barriga, … y mi abuela reforzaba el mensaje: tan gorda no te va a querer nadie. Y si tú ves mis fotos con 7 años vería que era de todo menos gorda 🙁 Esto me hizo creer que mientras fuera gorda no tenía derecho a ser amada.

Y no sólo eso: mi madre también me decía constantemente «no comas!!! mira cómo te estás poniendo!!» . Esto me hizo asociar el comer con algo ilícito, con algo malo… Asi empecé a comer a escondidas, de pié, rápido… sin saborear, sin disfrutar… sólo engullir. Tenía hambre pero sentía culpa de comer porque creía que hacía algo malo. Ya acabé engordando.

Cuando mi madre me veía triste por sentirme gorda o porque me lo habían llamado por la calle… me decía: «ay hija qué desgracia!! somos familia de gordos! que feura de gordura!! qué le vamos a hacer! tenemos tendencia a engordar» Era como si fuéramos víctimas del propio cuerpo debido a unos «genes malditos». Y en esto no la culpo. Eran sus creencias y así lo vivía. Así me convencí que no había nada que pudiera hacer…

Cuando trabajé algunas de estas creencias y logré ponerme en un peso dónde me veía atractiva… yo seguía viéndome gorda!! y ahora me parece mentira que me metiera en pantalones y faldas que tengo de esa época… Y cada vez que volvía a casa recuperaba peso. Mi madre me decía con retintin envidioso «huy que delgada estas». Creo que ahi me daba miedo el ser rechazada o repudiada. Recuerdo que en unas navidades llegué a engordar 15 kilos en dos semanas. Mi madre me hacía comer y comer, yo le decía «no puedo más», y llegaba a sentir dolor en mi estómago, pero con tal de no oirla gritarme y montarme pollos yo comía… Esto es la indefensión aprendida: ¡¡no somos conscientes que como adultas podemos decir NO a mamá también!!

Y llega entonces otra nueva capa de trabajo personal para volver a superar otras creencias que me hicieron volver a coger peso

Cuando te pasas la vida engordando y adelgazando, llega un momento en que «estás harta» y te abandonas… Aquí es dónde te digo: no te abandones tú también, no te ignores tú también, no te rechaces tú también. Se trata de hacer un trabajo profundo de cacharte en esos momentos en los que no te cuidas, ver qué está pasando dentro de ti y qué creencia hay detrás de ese comportamiento para empezar a cambiarla.

Cuando creo que no merezco la vida, que no merezco comer bien a la mesa, que no merezco comer como una persona, o que no debo disfrutar comiendo porque no debo comer… o cuando creo que si adelgazo, de alguna manera molesto a mi madre y dejo de pertenecer a la familia… esto me va a llevar a comportamientos dañinos a la hora de comer.

En mi caso, de la misma manera que mi madre castigaba mi osadía de mejorar mi cuerpo cebándome con comida, yo misma me autocastigo con comida y negándome a hacer deporte aun cuando el cuerpo me lo pide, pero siento una parálisis interna que me lo impide… Ahora toca soltar esa madre destructiva externa e interna, y sustituirla por amor, compasión y respeto por mi misma y por mi cuerpo. Y esto es un proceso paso a paso que hay que pasar. No hay atajos, no se puede correr… Mucha paciencia y compasión cuando vuelvas a abusarte, para no rendirte… y al cacharte en esos comportamientos insanos sustituirlos poco a poco por nuevos comportamientos más sanos, una y otra, y otra, y otra vez… ¡hasta que éstos sean el nuevo patrón!

Y esto no es fácil: requiere entrenamiento. Y eso es lo que hace un life coach: entrenarte para que seas capaz de sostenerte en estas situaciones y empezar a cambiar patrones insanos para ti. Si quieres ayuda escribeme ahora, no esperes: info@anapazo.com.